martes, 24 de mayo de 2011

ADMINISTRACION ECLESIASTICA

Del Libro Administración Eclesiástica, de Pablo Amador Garrido Casal, Editorial CLARETIANA 2012, Buenos Aires 

I. Conceptos básicos atinentes al área económica de la Iglesia

En la Arquidiócesis de Buenos Aires en 1970[1] se realizó una reforma administrativa y es oportuno recordar los fundamentos esgrimidos, porque  establecían conceptos básicos atinentes al área económica de la Iglesia.

Cualquier reforma adquiere validez cuando su aplicación está animada del genuino espíritu que la inspira.

Una reforma administrativa no podrá, pues, reducirse a una mera reglamentación, sino que deberá ser comprendida en su auténtico espíritu y vivida por todos los fieles, sacerdotes, religiosos y laicos. Por eso, a fin de aclarar su sentido y evitar alguna incomprensión al respecto, es necesario tener presente el destino que deben tener en la Iglesia los bienes económicos, así como también el misterio de Cristo pobre y la pobreza evangélica.

1. Función de los bienes económicos en la Iglesia

La Iglesia de Cristo, aunque es una sociedad espiritual dotada de un fin sobrenatural, sin embargo, no está estructurada por su Fundador de modo que lo espiritual sea el único aspecto de la misma.

Recuerda el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia que Jesucristo la instituyó fundamentalmente como una comunidad de Fe, Esperanza y Caridad, pero que, a la vez, la constituyó en este mundo como Iglesia peregrinante, con una trabazón orgánica y visible para que cumpla su misión entre los hombres. Y textualmente advierte:
Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia enriquecida de bienes celestiales no han de considerarse como dos cosas distintas, sino que forman una realidad compleja constituida por un elemento humano y otro divino (Lumen Pentium 8).

En la Iglesia peregrinante, que es una verdadera sociedad humana, dotada de medios aptos de unión visible y comunidad espiritual, la necesidad de utilizar los bienes económicos se deriva de su propia naturaleza. Se trata de una comunidad de hombres, y sabemos que los hombres no pueden vivir sin pan (cf Mt 6, 11; Lc 11,3 y Mt 6,32); tienen el deber de evitar la negligencia en la administración de sus talentos (cf Lc 12 42-48; Mt 25, 15-30 y Lc 19, 11-28), así como de procurar los medios para vivir y alcanzar su desarrollo integral (cf Mt 20, 6). Pero la vinculación que mantiene la Iglesia con esos bienes debe estar de acuerdo con la naturaleza de la misma, que es mistérica o “sacramento universal de salvación” (cf Lumen Gentium, cáp. 1 y Nro.48).

De ahí que la Iglesia no desprecie el factor económico ni prescinda del mismo, sino que lo utilice de un modo peculiar no reductible a ideología alguna meramente terrena. Valora, a la luz del Evangelio, el contenido humano de esos bienes, que son signos e instrumentos de los que se vale para trabajar para la mayor gloria de Dios y el bien integral de la persona.

En la actualidad, quiérase o no, los bienes materiales son un factor necesario para el desarrollo de las instituciones. Por eso la Iglesia considera un deber el invertir adecuadamente esos bienes y con el producto de esta inversión sustentar institucionalmente la actividad propia de su misión que le asignó su divino Fundador. Si bien en el pueblo de Dios puede ocasionar más sensación o impacto una espectacular donación de la Iglesia para remediar una circunstancial necesidad, sin embargo, esto no obsta a que en el seno de la misma, en las circunstancias actuales, sea necesario ordenar y planificar establemente su administración de bienes para posibilitar su vasta acción apostólica, asistencial y caritativa. Pero la Iglesia desea purificar el uso de sus bienes económicos de modo que nunca se empleen de una manera menos conforme al espíritu del evangelio. Por eso, en la administración de los mismos, debe hacer prevalecer siempre las razones pastorales sobre las formas exclusivamente técnicas -las que por lo demás, siempre debe tener en cuenta en su administración-, de modo que éstas estén subordinadas a aquéllas, a fin de que en la Iglesia las decisiones en materia económica nunca vayan en desmedro de la misión que debe cumplir, sino que siempre la favorezcan.

2. El espíritu de pobreza en el uso de los bienes de la Iglesia

El ejemplo que nos dejó Cristo sobre el empleo de los bienes económicos es para la Iglesia la luz que la guía en esta materia.

El evangelio nos muestra cómo Jesús nació, vivió y murió pobremente (cf Lc 2, 7; Mt 8, 20 y Jn 19, 23. Pero, no obstante esta pobreza, leemos en el evangelio que el Señor y los apóstoles poseían bienes para su sustento y para obras de caridad (cf Jn 12, 6 y 13, 29).
En el Sermón de la Montaña, Jesús llama bienaventurados a los “pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3).
Los Evangelios sinópticos destacan la compasión de Jesús para con los humildes y narran sus recomendaciones a los apóstoles para que se mantuvieran despegados de los bienes terrenos. Es el designio salvífico de Dios que quiere que los hombres vivan desprendidos de los bienes terrenos: la pobreza de espíritu es un componente constitucional de la religión cristiana (cf Discurso de Pablo VI en la audiencia general del 2/10/68). Por eso el Concilio Vaticano II nos recuerda que “el espíritu de pobreza es la gloria y el signo de la Iglesia de Cristo” (Gaudium et Spes, 88).

Pablo VI refiriéndose específicamente a la pobreza de la Iglesia en el uso de sus bienes, al inaugurar en Medellín la Segunda Conferencia Generaldel Episcopado Latinoamericano, enseña:

 La pobreza de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas, es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión; es un ejercicio, a veces sobrehumano, de aquella libertad de espíritu, respecto a los vínculos de la riqueza, que aumentan la fuerza de la misión del apóstol.


[1] Reforma Administrativa, Auto Pastoral y Reglamento, pág.8

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